El clan ha vuelto
The Objective, 16 de agosto de 2025
La socialdemocracia no es el comunismo. No expropia a punta de fusil, no mata al disidente, no levanta muros, alambradas ni gulags.
Sus defensores esgrimen esa concesión como absolución, cuando es el cargo principal, porque al menos el comunismo avisaba desde el primer día: ese dolor inmediato fabricó anticuerpos en tres generaciones de europeos. Basta hablar con quienes tuvieron la desgracia de padecerlo. En cambio, el veneno socialdemócrata produce placer, de modo que avanza sin encontrar resistencia y compra la renuncia a plazos, con el consentimiento entusiasta del expropiado. Orwell describió la bota sobre el rostro; Huxley comprendió que para obtener la misma sumisión bastaba con el soma.
Para entender cómo ese veneno nos desactiva hay que apreciar lo rara que es la cultura occidental. Ninguna otra civilización disolvió el clan, y ninguna pagó tanto por conseguirlo. Cuando la Iglesia medieval prohibió la herencia tribal y el matrimonio entre primos, y desarrolló una nueva teología de la penitencia, fabricó sin proponérselo un nuevo tipo humano: el individuo que responde ante su conciencia y no ante su linaje, que coopera con extraños mediante el contrato y no solo con parientes mediante la sangre, que carga con sus errores en vez de diluirlos en el grupo, que se corrige por la culpa propia y no por la vergüenza ante los suyos. Sobre esas innovaciones se construyó el resto del edificio: la ciencia que discute la verdad, los derechos humanos que protegen al individuo, el mercado que ensancha la confianza más allá de la aldea y la democracia que pide cuentas al poder.
La socialdemocracia reata uno a uno los nudos que Occidente tardó mil años en desatar. Protege como el clan, desde la cuna al sepelio, y vigila como el clan, pues quien administra la protección exige conocer los ingresos, los hábitos y las flaquezas del protegido. Y castiga la salida como el clan: quien intenta valerse por sí mismo y educar, asegurarse o ahorrar para su propia vejez paga dos veces, la cuota del grupo y la suya. La diferencia es de escala y de contabilidad: al patriarca del clan le bastaba con saber nuestro nombre; el Estado lo sabe todo: cuánto ganamos, qué nos recetan, a qué colegio llevamos a los hijos.
El mecanismo psicológico ya lo entrevió Tocqueville en 1840, cuando la socialdemocracia aún no tenía ni nombre: un poder «absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno» que no tiraniza sino que «comprime, enerva, apaga, embrutece», hasta reducir cada nación a «un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el gobierno». Le faltó anticipar lo peor, que añadió James Buchanan al final de su vida: esa dependencia no necesita imponerse, porque se demanda, de modo que el pastoreo moderno ya no descansa en el miedo del rebaño, sino en su gratitud. El individuo occidental, educado durante siglos para sospechar del poder, aprende a amarlo en cuanto el poder paga sus facturas; y una vez lo ama, vota menos para elegirlo que para agrandarlo.
Un amigo socialista objetará que el Estado de bienestar no reconstruyó el clan, sino que lo deshizo. La pensión pública liberó al viejo de sus hijos; la sanidad, al enfermo de la caridad del párroco; el empleo y la escuela, a la mujer del marido y del pueblo. Parece cierto, y explica su popularidad mejor que cualquier engaño. Pero los dos fenómenos ocurrieron a la vez: el clan doméstico se deshizo y sus funciones se rehicieron a escala política, de modo que ganamos autonomía frente a los nuestros y la perdimos frente al presupuesto.
Nuestro amigo quizá insista: liberadora o no, la socialdemocracia sería la culminación de Occidente, pues nunca hubo más derechos ni más dignidad material que bajo su techo. Pero el argumento confunde ahí los frutos con las raíces, porque lo que la socialdemocracia reparte lo produce el individuo que heredó y que ella agota: su ahorro, su invención, su disposición a cooperar con extraños y a cumplir sin vigilancia. Ese capital no figura en el producto interior bruto ni se repone solo, y su consumo se nota en las variables lentas, las que tardan una generación en dar la cara: los hijos que dejan de nacer donde la vejez se financia con los hijos de otros, los alumnos que dejan de aprender donde el título se reparte como derecho, la confianza que deja de extenderse donde conviene más administrar la desconfianza.
Nada de esto lo impuso un tirano, y ahí está la diferencia con los colectivismos anteriores: el clan estatal fue votado, agradecido y votado de nuevo. Su clientela más firme no son los pobres, que reciben mucho y deciden poco, sino quienes viven de administrarlo y de predicarlo. Pero el predicador merece juicio aparte, y lo tendrá.
El comunismo perdió porque avisaba. La socialdemocracia arrulla, y una cultura no muere de un disparo sino de mil comodidades: cuando el síntoma se deja ver, el diagnóstico llega tarde. Nuestro caso aún no ha llegado a esa fase, aunque los cargos contra el clan estatal ya pueden leerse en esas variables lentas. Occidente sigue siendo la única civilización que aprendió a vivir sin clan; falta saber si recordará para qué le servía esa soledad.