Patriotismo de camiseta
The Objective, 19 de julio de 2026
Durante un mes hemos sido una nación. Plazas llenas ante pantallas gigantes, balcones con banderas que en febrero darían que hablar en la comunidad de vecinos y un presidente tuiteando en mayúsculas. Por una vez algo nos une: pocas ocasiones permiten observar tan de cerca el sentimiento nacional de los españoles.
Como la educación, el patriotismo puede ser un bien de consumo o de inversión. Este de camiseta es consumo puro: cuesta unas decenas de euros, se disfruta noventa minutos y no obliga a nada, ni a pagar, ni a servir, ni a ceder. Los intelectuales despachan el fútbol como opio del pueblo, pero no ven lo importante. El fútbol no solo nos adormece, sino que revela lo que somos. Es un experimento natural que mide cuánto patriotismo demandamos cuando nos lo sirven precocinado.
El patriotismo-inversión es algo muy distinto. La nación es un bien público: como nadie queda excluido de sus beneficios, cada cual espera que la financien otros. Defenderla, financiarla, sostener sus instituciones, evitar que el mercado se cierre en diecisiete corralitos: todo exige pagar hoy costes cuyos rendimientos se cobrarán mañana y se han de compartir con los vecinos. Ahí nos borramos: preferimos fiar la defensa al contribuyente ajeno, regatear la financiación común en cada negociación autonómica, y hasta vestir la bandera solo en temporada alta: la que hoy cuelga de los balcones volverá al armario antes de que acabe agosto.
El producto, además, desmiente al consumidor. Como todo nuestro deporte de competición, gana porque aplica los principios que rechazamos en todo lo demás. Convoca por mérito, sin cuotas ni equilibrios territoriales: a nadie se le ocurre exigir un delantero por autonomía ni aplicar el “principio” de ordinalidad. Acepta jerarquías indiscutidas y despide por resultados, sin agotar legislaturas. La política solo ha logrado entrar por los flancos, allí donde reparte cuotas de pantalla y subvenciones federativas; el vestuario sigue casi cerrado. Exigimos así a veintiséis futbolistas una excelencia que jamás reclamamos a las instituciones que administran nuestra vida social: la escuela, la universidad, el juzgado, el hospital. Al seleccionador lo fulminamos por el marcador; al gobernante lo absolvemos por la camiseta.
Se dirá que solo es deporte y que pasa igual en todos los países. No es cierto. Lo singular de España es la distancia entre el fervor de la grada y la factura que aceptamos pagar por lo que en ella coreamos. Cuando Gallup preguntó en 45 países quién estaría dispuesto a luchar por el suyo, el 53 % de los españoles respondió que no: solo cuatro países del mundo acumularon más negativas, y dos de ellos, Italia y Alemania, al menos cargan con los fantasmas de 1945. En la encuesta que en 2025 cubrió toda la OTAN, dos de cada tres suecos y finlandeses respondieron que sí. Y lo que declaramos lo confirmamos en los presupuestos: en 2024 fuimos de los aliados que menos gastamos en defensa y si en 2025 alcanzamos el 2 % del PIB, seguimos en el vagón de cola, tras autoproclamarnos exentos del 5 % que suscribieron los demás. Quien percibe el valor de tener nación acepta pagar el precio. Nosotros preferimos creer que sale gratis, como ver el Mundial por televisión.
Los políticos entienden el negocio. Se envuelven en una bandera barata —el tuit en mayúsculas no cuesta un euro— mientras administran lo poco que queda de la nación cara desplazando sus costes adonde no se ven: al déficit, a los jóvenes, a los aliados. Y que nadie se engañe con los nacionalismos periféricos: venden un sucedáneo, en versión exagerada y con apenas matices: idéntico el consumo y hasta los colores, y semejante la camiseta. Unos y otros compiten por ofrecernos identidad sin coste, porque saben que la factura espanta al cliente.
Ese cliente es el que llena los bares y las gradas en cada partido. Ahí sabe distinguir el mérito de la cuota, el resultado de la excusa, e incluso apura sin razón el crédito de los entrenadores. Solo que exigir en la grada no cuesta nada: el esfuerzo recae en los jugadores. Exigir a quienes nos gobiernan es algo más caro: la factura del rigor también es nuestra. La copa se levanta en una tarde de domingo; la nación se sostiene de lunes a sábado, sin gradas ni himnos. Mientras solo la consumamos, cada Mundial nos retratará igual: hinchas de barra, más que ciudadanos.