El abrazo eterno
The Objective, 5 de julio de 2026
Comulgar con grandes ruedas de molino no es exclusivo de la izquierda. También la derecha moderada traga las suyas, aunque sean de otra clase. Donde el votante de la tribu dominante se traga la conspiración judicial, el relato del lawfare y la inocencia del líder, el de derechas se traga la concordia. Su flaqueza no tiene como base los mitos de moda, la envidia o el rencor inveterado: es el presentismo disfrazado de ansia de paz social. Un ansia que, a menudo, acaba saliendo más cara que la firmeza.
La rueda que se le ofrece tiene la forma del perdón y el abrazo. Frente al que se atrinchera, el votante de orden prefiere evitar el enfrentamiento: ceder hoy a cambio de sosiego, forzándose a creer que el adversario, una vez saciado, se moderará. Es una concesión cómoda, porque ahorra el coste del conflicto presente y lo aplaza al futuro. El problema es que ese futuro llega antes de lo que pensamos, y que el adversario rara vez se modera cuando la concesión es unilateral e irreversible: al verlo premiado vuelve con más hambre.
No todo pacto es rendición: una concordia que restaure reglas, exija cumplimiento y conserve la opción de retirarse puede ser una herramienta, no una claudicación. Lo que convierte el abrazo en derrota no es que cruce bloques, sino que perdone antes de reparar y entregue sin enmienda ni vuelta atrás.
La historia de España ofrece una sucesión de ese tipo de abrazos. En 1839, el de Vergara puso fin a la guerra carlista en el norte reconociendo los fueros: paz inmediata, factura territorial diferida durante siglo y medio. La Constitución de 1978 repitió el gesto a mayor escala. Amparó un sistema foral tan generoso como desigual, que aún nadie se ha atrevido a corregir, y creó un sistema autonómico disfuncional en el vano intento de satisfacer preferencias minoritarias. La escena se repitió en 2017. Tras el golpe separatista en Cataluña, optamos por la intervención más breve y tibia posible, de nuevo para no incomodar. Cada abrazo compró tregua con una concesión que obligaba enseguida a otras mayores.
Es el mismo mecanismo que atrapa al votante de izquierdas, con la moneda invertida. Uno se traga la conspiración para no admitir que votó mal; el otro se traga la concordia para no plantar cara. Ninguno quiere pagar el precio de mirar de frente la realidad: el primero, el de haberse equivocado; el segundo, el de la confrontación. Los dos eligen no mirar. Por eso nada se corrige: no porque falte un bando virtuoso, sino porque las dos demandas se acomodan en sentidos opuestos pero complementarios.
La próxima rueda de molino está al llegar. Vendrá envuelta en lenguaje de Estado, y no le faltarán oropeles. La reciente invocación papal de la concordia, con su llamada a abandonar las «narrativas divisivas», ya ofreció una excusa para disfrazar la rendición de magnanimidad. Su versión explícita sería la del gobierno de concentración. Su versión implícita, más probable, la de un «pasar página» que incluiría indultos, o incluso una amnistía con mayoría reforzada.
Todo ello dentro de una seudotransición que no revierta nada y blinde la impunidad con el argumento de no reabrir heridas. Mucho votante «de orden» tragaría esa rueda hasta con alivio, porque le ahorraría el conflicto. Y, como en la Transición, los arribistas de turno la presentarían como generosidad moral, e incluso se les aplaudiría por ello. Sería el abrazo de Vergara del siglo XXI: una paz que solo conviene a quienes la firman y que pagarían, una vez más, los españoles del futuro.
Nada de esto iguala a las dos tribus. La magnitud de lo que cada una se traga no es la misma, ni lo son su gravedad, su entidad moral ni sus consecuencias para la convivencia. Pero el mecanismo es común: la corrupción del poder necesita votantes que la nieguen; el desguace del Estado, votantes que lo abracen.
Una tribu prefiere la conspiración; la otra, la falsa concordia: el perdón sin reparación, sin penitencia ni propósito de enmienda. Y mientras ambas elijan su mentira antes que el penoso deber de afrontar la realidad, el timador y el cómodo seguirán encontrándose. No nos engaña el abrazo: lo devolvemos.