La excusa del pacto educativo

Publicado en El País, el 16 de septiembre de 2016, p. 11.

Poco a poco se ha forjado un consenso sobre la necesidad de una reforma consensuada y duradera en la enseñanza. La idea gusta porque permite a los padres trasladar a un sistema imperfecto los propios fallos en la formación de sus hijos

Nuestro sistema educativo es imperfecto, pero el pacto no va a atacar sus fallos estructurales, por el simple motivo de que estos responden a una demanda ciudadana que, en el fondo, concibe la educación más como consumo o disfrute que como inversión. Si estoy en lo cierto, el pacto aumentará el gasto educativo para tener un impacto dudoso en la formación de las futuras generaciones.

Pese a lo elevado del desempleo, la queja de los empleadores sobre sus empleados más jóvenes no se centra tanto en su aptitud (que también), como en sus actitudes: en su escasa madurez y capacidad de dedicación, concentración y autocrítica. Es un caso extremo pero común e indicativo que lo primero que pida un recién contratado, sin pareja y que vive con sus padres, sea conocer la política de “conciliación” del bufete puntero al que acaba de incorporarse.

La explicación optimista es que los jóvenes desean trabajar menos para así llevar una vida más tranquila. Sospecho, en cambio, que los jóvenes no son conscientes de las consecuencias de sus decisiones. Están sobrevalorando su potencial de ingresos e infravalorando el coste de satisfacer sus deseos. Toman por ello decisiones que pronto se revelan inconsistentes: eligen carreras y empleos en los que invierten menos de lo necesario para alcanzar el nivel de vida al que aspiran.

Lo hacen porque no han sido educados para posponer la gratificación. Al menos, no en la medida en que lo exigen los empleos que les permitirían mantener el nivel de vida de sus padres. Esta incongruencia se confirma cada vez que un bachiller elige estudiar, digamos, Políticas; o cada vez que un recién licenciado actúa como si su formación hubiera concluido; o cuando opta por un empleo de poco esfuerzo y menos futuro.

Las causas y hasta la prevalencia de esta mala educación son, por supuesto, debatibles. Una hipótesis, quizá simplista pero atendible, reposa, en última instancia, en que, tras desplomarse la natalidad, muchos jóvenes han disfrutado una posición de monopolistas emocionales. Como hijos y nietos únicos, a menudo tardíos, han disfrutado de un enorme poder negociador.

La fuerza de los niños y la debilidad de los padres favorecen un “equilibrio” de normas sociales de alta permisividad y consumismo juvenil; normas que probablemente han sido arropadas, que no causadas, por las falacias pedagógicas de los años sesenta, consagradas ya en la Ley General de Educación de 1970. (Sí, mucho antes de la LOGSE). Me refiero a falacias como la visión negativa de todo castigo y competencia; la necesidad de contener el esfuerzo y educar en el disfrute; la marginación del ejercicio de la memoria y el sacrificio; el énfasis en que la responsabilidad es principalmente social y, por tanto, ajena; y la supresión de reválidas y cursos selectivos.

1473186490_294361_1473962356_noticia_normal_recorte1

Con el desplome de la natalidad, muchos jóvenes están en situación de monopolistas emocionales

Normas y falacias que, por cierto, aún cautivan a nuestro establishment pedagógico, a juzgar por la propuesta de suprimir los deberes, las reformas que hacen aún más blando el bachillerato, el engaño de enseñar supuestas “competencias” en vez de conocimiento, o la resistencia a permitir a los centros concertados organizarse en libertad.

Normas y falacias que también favorecen mitos exculpatorios tan corrosivos como el de la “generación mejor preparada”; y que generan gregarismo: muchos padres, ante las dificultades que encuentran para educar a sus hijos como hubieran deseado, modifican sus valores para reducir así la disonancia con respecto a sus acciones. Por muy reales que sean, los fallos del sistema educativo representan un similar papel exculpatorio.

Llovía sobre mojado, por la fuerza que tiene en España, pese al descenso en la práctica religiosa e incluso en medios ateos que se creen progresistas, la cultura «católica» tradicional. Me refiero a aquella que antepone las relaciones personales a las impersonales; en especial, la protección de familia y amigos a todo imperativo social de mayor alcance. El control efectivo de la natalidad ha sido más disruptivo de las normas sociales en sociedades que, como la nuestra, son en este sentido tan culturalmente católicas. El debate sobre los niños mimados se inicia en los años ochenta del siglo pasado en Italia, un país que es aún más católico que el nuestro.

Ese trasfondo cultural también ayuda a explicar la disposición a sostener un ingente flujo de transferencias intrafamiliares. Más que Estado benefactor tenemos aquí familias benefactoras; con similar destrucción de los incentivos para invertir y producir. Quizá no sea casual que el personaje familiar más denostado haya dejado últimamente de ser la suegra, para serlo el cuñado. Un cambio natural, pues este último es ahora el principal competidor por las rentas familiares que, a menudo, es la propia suegra quien distribuye entre hijos, yernos y concuñados.

Lógico por todo ello que en las últimas décadas hayamos anticipado en versión XL dos tendencias que en otros países solo están apareciendo al envejecer los millennials: la de los “niños trofeo” y la “generación bumerán”. Por un lado, padres y profesores hemos premiado el rendimiento de hijos y alumnos, no ya cuando alcanzaban un rendimiento estándar, sino incluso cuando este era mediocre. También hemos desprestigiado el esfuerzo y la competitividad, al fomentar el igualitarismo en la recompensa. En 2016, el porcentaje de estudiantes que superó las pruebas de Selectividad fue del 97%, y eso tras sonoras quejas por lo duro de algunos exámenes.

Suprimir los deberes forma parte de las normas y falacias del establishment pedagógico

Como mucho, los jóvenes mejor educados lo han sido en que basta con esforzarse. Se asombran al ser evaluados en función de sus resultados. Es común que el graduado recién contratado rompa a llorar al recibir la primera censura de su jefe. Nadie le ha enseñado a asumir la crítica hacia su trabajo. Muchos incluso están acostumbrados a que las reglas sean flexibles y su incumplimiento negociable, cuando no evitable con solo pedir perdón. Da el tono aquella madre que hace meses regañaba a una anciana porque ésta, malherida, se quejaba de que su hijo la había atropellado con el patinete: “Señora, no se queje. ¿No ve que el niño ya le ha pedido perdón?”.

Por otro lado, tenemos también la versión límite de la generación bumerán: si en EE UU algunos hijos retornan a casa tras la universidad, muchos en España nunca la abandonan. El asunto alcanza tintes cómicos cuando, tras empezar a trabajar, alguno de estos jóvenes sigue viviendo con sus padres sin contribuir al presupuesto familiar ni realizar tarea doméstica alguna.

Ojalá haya aquí exceso de pesimismo; pero, en la medida en que esta hipótesis de mala educación familiar se ajuste a la realidad, es probable que las reformas educativas consensuables no solo se queden en la superficie, sino que escondan e incluso magnifiquen el problema. Por supuesto que otras reformas sí podrían restaurar un equilibrio social productivo, aquel en el que la educación fuera inversión y dejara de ser solo consumo. No obstante, ¿cree usted que es ese el verdadero deseo de la mayoría de padres?

Audios sobre el artículo:

Comentarios y reacciones en prensa:

  • Barón, P., “¿Qué lleva a un niño de 9 años a suicidarse por bullying? ¿En qué estamos fallando?”, La Información.com, 16 de septiembre de 2016.

    • Al diagnosticar el aumento del suicidio infantil, señala Barón que mi artículo

      • “pone encima de la mesa algunas de las preguntas incómodas en la sociedad de hoy: ¿están los niños y adolescentes educados en la posibilidad del fracaso? ¿Creen en el mérito y en el esfuerzo para lograr la vida que desean? ¿Son los que mandan en casa a capricho, intocables, y al salir de un zona de confort se hunden? ¿Qué responsabilidad tienen unos padres agotados que no pueden dedicarles más tiempo? ¿Es bueno que los padres sean los abanderados del no a los deberes y las pruebas para demostrar la valía?
        Las preguntas no son fáciles. Pero la realidad es que los términos niños tirano, son actuales. Y esos niños tirano lo son más allá de sus casas. El más débil, que tampoco ha sido educado en sobreponerse a los problemas, lo sufre. Y con las redes más. Y llega el colapso, cada día a edades más tempranas”.
  • Belloso, M.A., “¡Claro que ‘España está amenazada’!, pero no por lo que dice Guindos”, Expansión, 23 de septiembre de 2016. Traducción al portugués: “A Espanha mais ingrata e mal-educada”, Diário de Notícias, 30 de septiembre de 2016.

    • Reitera Belloso los argumentos de mi artículo y los expande para señalar que

      • “la amenaza principal que soporta mi país tiene una raíz cultural. Estamos muy lejos de preparar a nuestros jóvenes para la aventura del riesgo creador de riqueza, para que aprendan a tolerar el fracaso -y lo contemplen como una oportunidad-, para que desprecien la queja, y para que finalmente erradiquen del diccionario la palabra derecho hasta sustituirla por la de obligación”.
  • Cacho, Jesús, “La izquierda y las reválidas: dinero y aprobado general”, Voz Populi, 28 de octubre de 2016.

    • “Esta es una sociedad muy enferma: padres que no quieren ningún esfuerzo para sus hijos, que rechazan de plano los exámenes, que denuncian como perversos los deberes, que colaboran eficazmente en la progresiva pérdida de autoridad del profesorado en las aulas…”
  • Medina, O., “La paciencia del pacto educativo”, El País, 22 de septiembre de 2016.

    • Critica Medina la supuesta falta de soporte empírico de mis argumentos, aportando varios datos demoscópicos que a su juicio lo contradicen, pero que en realidad se refieren, en el mejor de los casos, a aspectos parciales (por ejemplo, diferencias escasamente significativas en las “competencias” o skills sólo de aquellos licenciados con trabajo). Omite también toda referencia al tema central: cómo el sistema educativo funciona de acuerdo con las preferencias de los padres (que no “en connivencia con” ellos).
  • Soriano, D., “La milonga de los deberes”, Libre Mercado, 9 de septiembre de 2016.

    • Señala Soriano dos puntos muy importantes:

      • “En Finlandia o Canadá pueden ser más innovadores: en plan «que el niño aprenda por sí mismo», como a mí me gusta. Pero los países asiáticos -y son ellos los que mandan en las pruebas internacionales y en los exámenes de acceso a las universidades más prestigiosas de todo el mundo- siguen un modelo clásico, con múltiples exámenes, reválidas, memorización, repetición de ejercicios y muy exigente para los alumnos.”
      • “En todos los países exitosos, europeos, asiáticos, americanos o del Polo Norte, la autonomía va ligada al control. Quizás las escuelas tengan libertad, pero se vigilarán sus resultados. ¿Cómo? En algunos países con exámenes clásicos; en otros, con pruebas muy exigentes para el acceso a la carrera docente y con una evaluación continua de los profesores; y algunos optan por dar libertad a los padres para elegir centro y los financian en función de su capacidad para atraer alumnos.”
  • Soriano, D., “El agujero negro de la universidad”, Libre Mercado, 13 de noviembre de 2016.

    • Afirma Soriano que:

      • “En mi opinión, las cifras que tenemos a mano apuntan claramente en la dirección que marca Arruñada: pensamos en la educación como un bien de consumo (que paga otro) y muy poco como una inversión. Eso sí, tampoco en esto comparto su análisis en lo que hace referencia a las últimas generaciones. Yo asistí a una universidad pública hace ahora veinte años (y ahora estudio un doctorado en otra, por cierto): dudo mucho que mis compañeros de promoción se hicieran las anteriores preguntas ni conocieran las cifras que daremos a continuación. Yo, desde luego, no era especialmente consciente de estos datos ni estaba demasiado preocupado por el dinero que los contribuyentes se gastaban en mi educación”.
    • Cierto que hace veinte o cuarenta años también había un sesgo hacia la educación en el disfrute, la cual también estaba más subvencionada que la educación para producir. Sin embargo, creo que en las últimas décadas hemos exagerado la diferencia, y ello por dos vías. Por un lado, abaratando la universidad, al abrir nuevos centros incluso en ciudades pequeñas. Por otro, al elevar los tipos del IRPF para niveles medios de renta, como argumento en este otro artículo de Actualidad Económica.