Consumidores de desgracias
The Objective, 2 de agosto de 2026
Los incendios ocuparon todas las pantallas hasta el jueves: directo permanente, columnas de humo a vista de dron, testimonios entre lágrimas. Las cadenas convierten la tragedia en espectáculo, pero no lo imponen, sino que sirven lo que el público demanda.
Para cada uno de nosotros, informarse cuesta y apenas rinde. Ningún voto individual decide una elección, y vigilar al gobernante es un bien público: si vigila mi vecino, me beneficio gratis; si vigilo yo, pago yo solo. Lo racional es entonces consumir la noticia como se consume la ficción: por la emoción que procura, nunca por el dato que aporta a la mejora de las decisiones sociales, empezando por un voto mejor informado y siguiendo por un mayor control de los representantes políticos. Compramos emociones que permiten sentir sin el esfuerzo de pensar, y hemos dado en creer que sentir da derecho a opinar. Cuantas más desgracias, más consumo de emociones, más excusas y peores decisiones.
Basta ver la parrilla y el contenido de los telediarios. Las cadenas compiten a muerte por la audiencia, y solo sobrevive, en el fondo, la variedad más inútil de cotilleo: la que versa sobre personas con las que ni tratamos. Si emitieran otra cosa, caería su audiencia y quebrarían. Cuando llega el desastre, lo emiten con la gramática del reality: personajes, lágrimas, intriga antes de la publicidad de audífonos, colchones y seguros de decesos. Vemos el incendio como otro capítulo de la misma serie, en el mismo sofá y el mismo canal. La tragedia no interrumpe el espectáculo; se integra en él como un episodio más.
El economista Anthony Downs ya describió este ciclo en 1972, y precisamente con la ecología: descubrimiento alarmado, entusiasmo solidario, revelación del coste, aburrimiento y olvido. Mientras tanto, los problemas siguen intactos. Se vio bien en Valencia, donde la gota fría completó todo el recorrido en pocos meses. Audiencias máximas durante la riada; después, silencio; ahora, olvido. El proyecto para desviar el barranco del Poyo se licitó tras la tragedia con horizonte de 2031. Hoy no queda un solo espectador ni un solo partido que vigile sus plazos. Los incendios de este mes seguirán idéntico patrón: es improbable que el prometido «gran pacto» contra el fuego llegue a redactarse; como tapadera retórica, no lo necesita. Las cámaras no lo esperarán: este fin de semana ya se han ido a Ceuta.
Para ese público, la excusa climática es el producto perfecto —tan perfecto que el CIS lleva años sondeando la preocupación, nunca la preparación—. No solo porque absuelva al gestor; sobre todo porque absuelve a sus votantes. Si el culpable es el planeta, nada debe ninguno: ni quien prefirió no pagar el desbroce, ni quienes apoyaron al ayuntamiento que recalificó el cauce, ni quien compró la casa en la ladera en medio del bosque. Ni, por supuesto, quien prefiere creer sensiblerías acomodaticias a pensar en disyuntivas reales. Emoción y absolución llegan en el mismo paquete: lloriqueo en el plató, clima en el rótulo y nadie interpelado, salvo quienes se empeñan en racionalizar el desastre, que por eso resultan tan incómodos. La absolución se oficia en el altar, pero se consume en el sofá.
Ciertamente, con las desgracias se disparan las audiencias. Podría pensarse que sí queremos saber. Pero la atención busca emoción y la solidaridad se agota en el gesto. La brecha entre lo que decimos querer leer y lo que en verdad leemos es reveladora: declaramos interés por la política y la economía, pero pinchamos en sucesos, deporte y entretenimiento. Como siempre, la hipocresía demuestra la culpa. La brecha solo se estrecha cuando el problema toca cerca, y vuelve a abrirse en cuanto pasa el susto. Además, el interés por las noticias cae tendencialmente en casi todos los países y una cuarta parte de los encuestados se declara ya consumidor ocasional o pasivo, frente al 16 % de 2021.
En España también en eso vamos por delante: casi cuatro de cada cinco se informan de política por canales pasivos, lo que les llueve por la tele, la radio o la conversación, seis puntos por encima de la media de los grandes países vecinos. Los voluntarios, ya fueran constructivos o, más a menudo, penitenciales y expresivos, al menos fueron reales; los vigilantes de la reconstrucción no llegan a conformar una audiencia.
Sin demanda de información y rendición de cuentas, mal puede haber oferta: el periodismo de vigilancia es caro y si sus lectores escasean no es rentable. El político lo sabe y programa contra el ciclo: gesto en el pico —la visita, la foto, el pacto anunciado— y omisión en el valle, cuando ya no mira nadie. La omisión es el crimen perfecto para una audiencia distraída, porque no deja imágenes: hay fotos del hidroavión; no del cortafuegos que quedó sin abrir.
El falso remedio habitual actúa sobre un solo lado del mercado: regular los medios, subvencionar el «periodismo de calidad», crear nuevos consejos y reguladores. Todo opera sobre la oferta, cuando el fallo está en la demanda: el informativo riguroso que nadie ve no vigila nada. Porque ninguna ley puede obligar a mirar; como mucho, a sufrir cuando pagamos, ya sean los impuestos o las consecuencias de nuestra dejadez. La democracia supone que los ciudadanos vigilen a quienes gobiernan en su nombre. Pero sentir no es vigilar.
Salir del bucle no exige ciudadanos heroicos suscritos al boletín oficial. Exige algo menos épico y más costoso, pensar cuando el humo se disipa, que es cuando se aprueba el presupuesto de desbroce y se adjudica la obra del cauce. Tras cada fuego prometemos repoblar el monte, pero la repoblación pendiente es otra: la mente del espectador.