Mis queridos colegas de Castilla y León me han invitado a hablar sobre el papel de la Teoría de la Empresa en un taller de trabajo al que asisten profesores de las universidades de esa región. Mis ideas al respecto han ido evolucionando desde un ingenuo racionalismo economicista (Arruñada, 1990) hasta un cierto relativismo de origen biológico (2007), pasando por etapas intermedias en que reconocía un papel, aunque secundario, a las anomalías cognitivas (por ejemplo, 1998).
En la actualidad, me inclino a pensar que la Economía es útil para desempeñar puestos de analista empresarial, pero sirve menos y puede incluso ser contraproducente para el directivo, porque interfiere en habilidades sociales innatas, que son imprescindibles no sólo para liderar grupos humanos sino también para relacionarse socialmente. E interfiere más cuando se la usa como instrumento teórico dominante: por eso afecta poco a los licenciados y algo más a los masters, pero limita mucho el campo de actividad directiva de los economistas académicos.
Este es el motivo de que tanto buen economista falle cuando pasa a ocupar puestos políticos o empresariales. En esos puestos el economista recién llegado pretende contratar explícitamente lo incontratable, causa con ello más problemas de los que resuelve, y acaba suscitando la suspicacia en sus contrapartes. En política, rompe tabúes morales cuando propone al ciudadano que considere los costes y beneficios de tradeoffs inmorales (el comercio de órganos, la guerra preventiva), cuya sola mención le clasifica como inmoral a los ojos del ciudadano corriente. En la empresa, su confianza en diseñar mecanismos de incentivos le lleva a destrozar normas sociales que comportan controles automáticos más eficaces. En general, su exceso de confianza en la racionalidad intelectual y calculadora como única fuente de racionalidad le lleva a cometer todo tipo de errores. Su incomprensión de que el homo economicus es sólo una mínima parte del homo sapiens, limita de forma drástica su capacidad directiva.
Lógico por ello que la economía ayude menos a ganar dinero que otras disciplinas menos racionalistas. En un artículo con Xosé H. Vázquez hemos contrastado que los salarios medios de los 100 mejores MBAs del mundo son significativamente inferiores cuanto mayor es el porcentaje de economía y otras disciplinas ingenuamente racionalistas en su núcleo de cursos obligatorios (pierden en promedio unos 1.000$ por cada punto porcentual que aumenta la Economía en los cursos obligatorios), y ello tras controlar por otros factores obvios, como la calidad de los estudiantes y el coste del MBA.
Sin embargo, incluso si se confirmaran estas hipótesis, no deberíamos prescindir de la Economía. Pero sí deberíamos aprender a utilizarla en los contextos (analíticos más que directivos) y con las cautelas (prudencia y humildad) adecuados. Para ello, es imprescindible revisar nuestro modelo de ser humano a la luz de los descubrimientos obtenidos en las últimas décadas en diversas ciencias cognitivas. El homo economicus es una herramienta potente en el ámbito del análisis económico. Fuera de él, tiene también alguna utilidad, pero sólo cuando se entiende que es una especie de frankenstein; de lo contrario, sólo cosecha derrotas pírricas para sus usuarios.
En resumen, entender el papel de la Teoría de la Empresa requiere, como primer paso, adoptar una perspectiva cognitiva más amplia de lo que ha venido siendo habitual.
Referencias
- Arruñada, Benito, Teoría contractual de la empresa, Marcial Pons, Madrid, 1998, Cap. 1.
- Arruñada, Benito, Economía de la Empresa: Un enfoque contractual, Ariel, Barcelona, 1990, Cap. 1.
- Arruñada, Benito, “Human Nature and Institutions,” en E. Brousseau y J.-M. Glachant, eds., New Institutional Economics: A Guidebook, Cambridge University Press, Cambridge, 2008, 81-99.
- Arruñada, Benito, y Xosé H. Vázquez, “Behavioral Assumptions and Management Ability: A Tentative Test,” Economics and Business Working Paper Series 1157, June, 2009.